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Relato | El San Valentín de Amanda

14/4/15










Odio San Valentín. 
Todas las tiendas se llenan de globos de colores rosa y rojo, lazos de los mismos colores, bombones... Que es un día donde abundan las parejas prodigando amor... Gastando un dineral en productos que podrían comprar cualquier otro día, al igual que declararse amor eterno el resto del año. 
Las tiendas al final del día tendrán un buen cierre de caja, por la noche todas las parejas estarán en la cama haciendo el amor después de una maravillosa cena romántica, con champán y velas. 
Y la gente como yo, sobre todo las chicas, estaremos acurrucadas en el sofá de casa con una caja de bombones que nosotras mismas nos regalamos para este día tan especial, para las parejas claro. 

El 14 de Febrero para mi es un día normal como cualquier otro, porque el año pasado mi novio decidió romper nuestra relación de cerca de cuatro años, el día en que todos se aman y nuevas parejas se crean.

Fue tan humillante que me dejara en plena cena romántica en el restaurante lleno de parejas que cenaban... Me levanté a la vez que le tiraba encima el vino y me fui corriendo de allí lo más dignamente que me permitía la situación. Así que ahora a  una semana de San Valentín, estoy dispuesta a pasarlo bien en vez de quedarme en casa lamiendo mis heridas, eso ya lo hice durante casi una semana y ya va siendo hora de pasarlo lo mejor posible. 



Salía de una tienda de ropa después de haberme probado varios vestidos de fiesta para ir a una de las discotecas más exclusivas de la ciudad de Londres, en una bolsa llevaba un vestido de color rojo satinado y en otra unos zapatos de tacón a juego. 
Hace medio año que estoy viviendo en Londres al final la empresa en la que estaba trabajando me trasladó a los despachos de la ciudad para ser la secretaria del abogado jefe. A las dos semanas de estar en la ciudad me llegó la invitación para ir a la fiesta de San Valentín que da la discoteca cada año. No se quien me envió la invitación y tampoco es que me importe.

Llegué a mi apartamento, fui a la habitación y saqué el vestido guardándolo en el armario con la percha que había pedido que dejaran en la bolsa y luego me puse los zapatos para que se amoldaran a mis pies. Regresé al salón y entré a la cocina para prepararme la cena.

El lunes por la mañana, después de ducharme, me miré en el espejo, tenía un cuerpo lleno de curvas, pechos normales, ojos verdes, cabello largo castaño, una chica normal del montón. Me vestí con un traje con corbata que usaba de vez en cuando para ir a trabajar, me hice un moño y tomé el bolso para ir a la oficina.

Cuando llegué, dejé mis cosas en el perchero y cogí unas carpetas para dejarlas en el despacho de David, mi jefe, que aún no había llegado como cada día. Fui a la cafetería para desayunar antes de que él llegara. Era pequeña y estaba en la misma planta por lo que no tardaba en regresar a mi mesa si llamaba alguien. 

– Buenos días Amanda. ¿Vas a ir a la fiesta de Morgan? – preguntó una voz ronca detrás de mi a los pocos minutos de estar sentada tomando mi café con leche. El jefe había llegado.
– Buenos días señor Preston – me giré para verle y dedicarle una leve sonrisa. – Si, ayer fui a comprar el vestido.


David Preston es el ejecutivo más hermoso y magnifico que he visto en toda mi vida, y eso que he visto a muchos pasar por su despacho durante los meses que he estado aquí desde mi traslado. 
Llevaba un traje de corbata de color azul, y camisa blanca, su cabello con gomina peinado hacia atrás y sonreía mientras se servía un café, yo regresaba a mi escueto desayuno, aún no había sonado el teléfono por suerte para mi. Sus movimientos eran fluidos y era de esos escasos momentos que podía fijarme en él sin distraerme del trabajo. 

Cuando terminó de servirse el café salió de la sala sin decir nada, estas cosas por su parte eran igual; un saludo de buenos días, servirse el café y meterse en su despacho esperando a que llegara el primer cliente de su apretada agenda. Así todos los días. 

Un mes después de que me llegara la invitación de la fiesta de la discoteca Rapsodia, conocí a Morgan Thompson, amigo de mi jefe David y el dueño de dicha discoteca. Fue el mismo David quien me lo dijo unas horas antes de que llegara. Y cuando llegó le di las gracias por enviarme la invitación, él con una enigmática sonrisa y mirada me dijo textualmente: “De nada, preciosa. Pero yo no he sido.” Me guiñó un ojo y entró en el despacho de David donde se tiraron horas reunidos. 
Después de eso nos hicimos amigos. Nunca le pregunté quien fue el misterioso hombre que me envió la invitación y él nunca me dijo nada. 


A la hora del almuerzo salió David de su despacho, con un gesto serio se plantó delante de mi escritorio, miré la agenda, no tenía ninguna cita por lo que podía ir a comer a cualquier restaurante que quisiera. Levanté la mirada y luego me levante de un salto sin entender muy bien qué era lo que quería.

– ¿Ocurre algo señor Preston? – pregunté sin dejar de mirarle ladeando la cabeza. Pareció despertarse con unos parpadeos, vi como cambiaba su expresión y suspiró con los ojos cerrados.
– Lo siento he tenido una mala llamada. – respondió con media sonrisa, fui a sentarme de nuevo pero lo que dijo me dejó a mitad de camino – ¿Quieres venir conmigo a almorzar? – le miré por unos segundos intentando no fruncir el ceño por lo que había dicho. Podía aprovechar aquella invitación para conocerle un poco más por lo que sonreí y asentí con la cabeza.
–  Claro, me encantaría – puse en suspensión el ordenador, y cogí el bolso, pasé hacia delante del escritorio poniéndome a su lado y vi como me sonreía.

Fuimos los dos por el pasillo, el ascensor no tardó en llegar por lo que entramos en este y sin decir nada comenzamos a bajar hasta llegar a la planta baja. Al salir del edificio David me tomó de la mano y fuimos hacia un bar donde servían comida para los ejecutivos como mi jefe. No dije nada sobre que me cogiera de la mano, no era incómodo.

Mientras comíamos hablamos de todo un poco, de las siguientes reuniones que tenía por la tarde, y de las siguientes en lo que quedaba de semana, a David le gustaba que todo estuviera en orden y bien hablado. Ninguno de los dos mencionó la fiesta, era como si fuera un tema tabú. Él iba a ir con alguna de sus amantes que a veces veía que se iba cuando venían al despacho a verle para irse a cenar, y yo iría sola a pasarlo bien, no había nada de lo que hablar.
Pagamos la comida y regresamos a la oficina de la misma manera que al principio, sin decir nada los dos. Ninguno buscaba una relación estable, por lo que no había problema alguno. 

Pasada una hora de haber regresado llegó un mensajero, donde dejó un sobre para mi. Firmé el papel y me quedé con el sobre misterioso sin remitente. Lo abrí y saqué la tarjeta que había dentro. 


“Pasaré por tu apartamento el Viernes a las 19.00,
Iremos a cenar y luego iremos a la fiesta del Rapsodia.

Tuyo.”

Fruncí el ceño mirando y volviendo a leer el escrito de la tarjeta, parecía que era de la misma persona que me había enviado la invitación. Dejé la tarjeta en la mesa y al alzar la mirada vi que estaba David mirándome desde su puerta, vi que miraba hacia la tarjeta y luego volvía a mirarme sonriendo levemente. 

– ¿Puedes traerme un café Mandy? – preguntó metiéndose al despacho de nuevo. Suspiré y me levanté para ir a la pequeña cafetería, le preparé el café tal como le gustaba, regresé a la oficina y entré a su despacho. Dejé la taza humeante y me quedé allí de pie sin saber muy bien que decir.
– Aquí tiene su café – murmuré con el ceño levemente fruncido.
– Gracias – respondió y al apartar la mirada de la pantalla de su ordenador me dedicó otra sonrisa cogiendo la taza del café con una mano.
Hice un gesto con la cabeza de asentimiento y giré sobre mis tacones para regresar a mi mesa.

No entendía a que venía a que sonriera tanto ya que pocas veces lo hacía, siempre sus sonrisas eran para sus amantes, chicas guapas, esbeltas como si fueran modelos... Tal vez son modelos. Yo no tengo nada que hacer contra esas mujeres, soy de las que tienen curvas peligrosas y que usa una talla grande de ropa. 

Me senté de nuevo en la silla, miré la tarjeta, la cogí y la metí en el bolso, no quería verla de nuevo. Regresé a trabajar con el ordenador olvidando por completo la tarjeta. 
Hice pasar a los siguientes clientes al despacho de David y regresé a mi trabajo y a atender llamadas y concertar más reuniones.

Quedaba media hora para terminar de trabajar cuando apareció por el pasillo una de las modelos que iban a ver a David, puse los ojos en blanco y me levanté para ir a anunciar a su modelo.

– Señor Preston, han venido a verle. – anuncié en la puerta, él alzo la mirada de los papeles que tenía esparcidos por su mesa y miró por encima de mi hombro para ver de quien se trataba. Su ceño se frunció y regresó a sus papeles.
– Estoy muy ocupado hoy Samantha, no puedo ir contigo lo siento. – dijo con un tono frío que nunca había escuchado usar en una de sus modelos. Ni siquiera la miró. Me giré un poco para ver a la tal Samantha y vi que tenía una mueca en su rostro, se giró y se fue pisoteando como niña pequeña pataleando. Tapé una sonrisa con mi mano y me giré para salir de su despacho.

– Amanda – escuché detrás mío su voz por lo que me giré y vi que estaba bien cerca de mi cuerpo – A partir de mañana no dejes que ninguna de las mujeres que vienen a verme pasen al despacho. – le fruncí el ceño y me volví a girar.
– Lo siento señor, pero de eso se tendrá que ocupar usted, son demasiadas mujeres a las que llamar para decirles que ya no vengan a buscarle.
– Por eso mismo – respondió en un tono duro. Sonreí apagando el ordenador y recogiendo los papeles de la mesa.
– Lo siento, no tenga tantas... visitas – le dediqué otra sonrisa y seguí recogiendo.
– Amanda... – escuché un suspiro y la puerta de su despacho cerrarse. Suspiré yo también negando con la cabeza. Cogí la agenda y la metí en el bolso, cogí la tarjeta y la metí en la basura.

Ya vería si no me iba yo sola a cenar y ese misterioso se quedaba solo esperando en la puerta de mi edificio.







Continuará

Segunda

1 comentario:

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